
lunes, 4 de abril de 2011
lunes, 13 de septiembre de 2010
LA ORACIÓN DE ALABANZA
“El que ofrece sacrificios de alabanza,
me honra de verdad” (Sal 22, 24)
Cuando el hombre descubre la cantidad de beneficios que ha obtenido de Dios, sólo entonces, surge, desde lo más profundo de su ser, la bendición y el agradecimiento.
Es lo que se conoce con el nombre de oración de alabanza y oración de acción de gracias. Si bien, las dos son parecidas, pues en ambas la finalidad es dar gloria al Señor, la primera de ellas, la oración de alabanza, es teocéntrica, se dirige más a la persona de Dios que a sus dones. Se aproxima a la adoración, ya que canta a Dios porque es Dios, independientemente de las gracias que de Él se reciban.
Alabar a Dios es exaltarlo, magnificarlo, entonar su nombre, reconocer su superioridad única. Esta exultación es propia de los humildes, –de los santos, dice
En un primer momento,
La alabanza es, esencialmente, la misma en ambos casos está dirigida a Dios Padre. No obstante, ahora, se trata de una alabanza cristiana, por estar suscitada por el Misterio de Salvación Revelado: Nuestro Señor Jesucristo.
Dios no necesita que lo alabemos, pues nada le aportamos con ello a Su grandeza. Entonces, ¿qué sentido tiene la alabanza? Dios quiere que lo alabemos porque es la mejor manera de demostrarle que lo amamos, y, ya sabemos que Nuestro Señor es un Dios celoso, mendigo de nuestro amor, que no quiere que antepongamos nada a Él: “Escucha, Israel: Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy” (Dt 6, 4-6).
De todas las oraciones de alabanza, la que más ha agradado a Dios es Santa María. La vida de la pequeña de Nazaret fue un continuo cántico de gloria al Creador. Encomendémonos a
jueves, 27 de mayo de 2010
EL DESEO DE ORACIÓN YA ES ORACIÓN
“Y cuando oréis no digáis palabras inútiles, como los paganos, que se figuran van a ser oídos por su abundancia de palabras. No los imitéis, porque sabe vuestro Padre de qué cosa tenéis necesidad antes de que vosotros lo pidáis” (Mt 6, 7).
No se trata de convencer a Dios con mi oratoria para que me dé, sino de convencerme yo de la necesidad que tengo de Él. Es el hambre de Dios, el deseo de su justicia, el que me pone en contacto íntimo con el Señor. El hacer las cosas “por Él, con Él y en Él...” que decimos en la Eucaristía.
Por Él: rectitud de intención. “¿Para qué vengo a la Religión?”, se preguntaba el Padre Rafael, recientemente canonizado, mientras pelaba rábanos en la cocina de la Trapa en un duro día de invierno.
Con Él: presencia de Dios. Es fundamental para mantener en todo momento el deseo de Dios.
En Él: como decía San Pablo, “ya no soy yo, es Cristo quien vive en Mí” (Gal 2, 20). Por eso, para dejarle actuar a Él en todas nuestras cosas: trabajo, familia..., debemos empezar por consagrarnos al Inmaculado Corazón de María, para llegar más rápidamente al Corazón de Cristo.
(Sal 37, 10)
El Salmo 37 nos dice: “Todo mi deseo está en tu presencia”. Ésta es la manera en la que el salmista ora, elevando su mente a Dios, ansiando su presencia. Hagamos nosotros lo mismo, y el Padre que ve en lo escondido nos atenderá.
La oración también está en el deseo. Si el deseo es continuo, si tenemos incesantes deseos de Dios, nuestra oración será permanente. No en vano nos dice el Apóstol: “Orad sin cesar” (1 Ts 5, 17). Esto, no significa que uno se tenga que encerrar en una habitación y permanecer allí inamovible, de rodillas; ni tampoco que todos tengamos que tener vocación de clausura. El “orad sin cesar” tiene que ver con la verdadera, íntima y constante comunión con Cristo.
Algunas personas ponen el acento en la cantidad de tiempo concreto, pero no se trata del número de horas acumuladas frente al Santísimo, como si de una competición se tratara, pues en ese caso, los seglares padres de familia, que tanto tiempo han de invertir en el cuidado de su matrimonio, en la educación de los hijos, en las labores del hogar y en el desarrollo del trabajo profesional para poder llevar el sustento a casa y el diezmo a la comunidad eclesial, no podrían alcanzar, de manera alguna, la vocación a la que está llamado todo hijo de Dios: la santidad.
Afortunadamente Dios está dispuesto a darnos a los laicos, como ya hizo con al Salmista (el Rey David), una continua oración interior que consiste en el deseo. Por tanto, si no queremos dejar de orar, si lo que queremos es que nuestra vida sea una perenne oración de alabanza al Creador, no interrumpamos esos anhelos de Dios.
Esto no significa, de ninguna manera, dejar a un lado la oración personal, que tanto necesita nuestro interior para perseverar y subsistir; pero hay que ser realistas, y comprender que el tiempo es limitado y escaso, sobre todo para los seglares, llamados a la santidad en medio del mundo. Por ello, es lógico que no se les exija lo mismo que a los religiosos.
Dios se las arregla para darle a esa madre de familia numerosa, la misma cantidad de gracias en sus 15 minutos de oración personal, que a un religioso en las cuatro horas que tiene estipuladas por obediencia a su Regla. ■
martes, 27 de abril de 2010
LA FUERZA DE DIOS EN NUESTRA DEBILIDAD
El Señor dijo que sus ovejas escucharían su voz y que, posteriormente, las enviaría al mundo en medio de lobos. Esto puede parecernos incomprensible, e incluso cruel, si nos quedamos simplemente en lo superficial de la idea. ¿Qué sentido tiene soltar a un cordero en medio de una jauría de lobos si no es para que lo degüellen?No parece muy lógico, que el Buen Pastor que da la vida por su rebaño, lo sacrifique de este modo. Sin embargo, el Señor sabe bien lo que hace, es consciente de la facilidad que tenemos de dejar de ser humildes ovejas para pasar a ser cruentos lobos, y esto ocurre en el mismo instante en que permitimos que el orgullo herido se enseñoree en nuestro interior. Por ello recalca “Mirad” y añade: “que os envío como ovejas”. No dice en ningún momento como leones, que es lo que nos gustaría oír.
Aquí es donde entra en juego nuestra fidelidad, pues es muy fácil confiar en Dios cuando todo va bien, pero cuidado, qué difícil cuando nos vemos acechados por el mundo. Es entonces cuando se nos prueba y cuando tenemos que depositar toda nuestra confianza en Él y decir “Señor, por Ti, porque te amo, prefiero ser cordero que lobo, aunque tenga que ir al matadero. Si Tú fuiste por mí, ¿cómo no voy a ir yo ahora por Ti?”
Y es en ese instante cuando el Señor responde: “Sé lo que hago, no desmayes, persevera, que de este modo eres invencible”.
¿Invencible? ¿Cómo va a poder un cordero ganar la partida a un coyote? Imposible podríamos llegar a pensar. Pues bien, sí es posible. Dios puede y de hecho quiere hacerlo, pero para ello precisa de nuestra colaboración, nuestra docilidad a su Palabra. Como Santa María Virgen, que tuvo que dar un sí primero para que Dios pudiera hacer el plan de Salvación.
Evidentemente, podríamos, en lugar de escoger esta opción, seguir nuestra propia voluntad, luchando con las mismas armas que los lobos que nos rodean. Es entonces cuando nos volvemos también chacales y el Señor se aparta porque ya no necesitamos de su defensa. Al decidir tomar nosotros las riendas de la situación, sin tenerlo a Él en cuenta, como respeta nuestra libertad, se aparta, no le permitimos que muestre su poder.
El Señor pastorea ovejas, no lobos. La fuerza de Dios se realiza siempre en nuestra debilidad. Esta es la razón por la que algunos no triunfan en el mundo, aunque lo que digan sea probablemente verdad, porque quieren convencer con las mismas armas que el lobo, es decir, no se dejan pastorear, no quieren ser corderos pues no se fían de Dios, sino que se fían más de su propia fuerza.
El Señor quiere que le dejemos actuar, y para ello nos exige dos virtudes: sagacidad, a imitación de la serpiente; y sencillez, a imitación de la paloma. El resto lo hará Él, pero sin estas dos disposiciones básicas, Él no puede actuar. Es bueno pedir, por tanto, en la oración al Señor por estas dos virtudes que ahora explicaremos, y así dejaremos que Él nos defienda de los lobos, que muchas veces son las personas que están a nuestro lado, que, aunque buenas, se ponen en nuestra contra, espoleados por Satanás que sólo pretende volvernos lobos y que nos apartemos de Dios.
La serpiente es sagaz, es el animal más listo del Paraíso, dice el Génesis, y cuando la atacan se enrosca y cubre su cabeza. No le importa que la apaleen o que le seccionen su cuerpo, pero ella siempre protege su cabeza. De la misma forma, debemos imitar a la serpiente protegiendo nuestra cabeza. “La fe –dice San Juan Crisóstomo –es la cabeza y la raíz; y si la conservas, aunque pierdas todo lo demás, lo recuperarás con creces”. Si actúas confiando en Cristo, y estás dispuesto a perder todo menos tu fe en Él, Dios te protegerá y saldrás airoso o menos perjudicado de lo que lo lobos hubiesen querido.
El que quiera perder su vida, la salvará, dice el Evangelio. Y el que quiera ganarla, actuando como los lobos, la perderá. Dios sólo quiere que no dejemos de ser oveja, que no perdamos la confianza en Cristo y que no dejes de ser sencillo. ¿Cómo puedo ser sencillo? No rebelándome, ni atesorando en mi interior odio o deseos de venganza. Porque, como dice el mismo San Juan Crisóstomo:“la sagacidad de la serpiente te hará invulnerable a los golpes mortales; la sencillez de la paloma frenará tus impulsos de venganza contra los que te dañan o te ponen asechanzas, pues, sin esto en nada te aprovecharía la sagacidad”.
En estos momentos de crisis económica, donde tantos familiares pueden volverse lobos contra nosotros, cometiendo contra nuestras propiedades o personas injusticias y otro tipo de codicias, la solución nos la da Cristo en el Evangelio de San Mateo: Prudencia (confianza en Cristo, estando dispuesto a perder todo menos nuestro apego a Él). Sencillez, pidiendo a Dios que nos ayude a no vengarnos, ni deseando en nuestro interior el mal contra nuestro hermano.
Nadie piense que estos mandatos son fáciles, pero tampoco imposibles de cumplir. El Señor conoce más que nadie la naturaleza de las cosas y sabe que la violencia no se vence con la violencia, sino con la oración y la mansedumbre. ■


