
viernes, 21 de octubre de 2011
lunes, 4 de abril de 2011
lunes, 13 de septiembre de 2010
LA ORACIÓN DE ALABANZA
“El que ofrece sacrificios de alabanza,
me honra de verdad” (Sal 22, 24)
Cuando el hombre descubre la cantidad de beneficios que ha obtenido de Dios, sólo entonces, surge, desde lo más profundo de su ser, la bendición y el agradecimiento.
Es lo que se conoce con el nombre de oración de alabanza y oración de acción de gracias. Si bien, las dos son parecidas, pues en ambas la finalidad es dar gloria al Señor, la primera de ellas, la oración de alabanza, es teocéntrica, se dirige más a la persona de Dios que a sus dones. Se aproxima a la adoración, ya que canta a Dios porque es Dios, independientemente de las gracias que de Él se reciban.
Alabar a Dios es exaltarlo, magnificarlo, entonar su nombre, reconocer su superioridad única. Esta exultación es propia de los humildes, –de los santos, dice
En un primer momento,
La alabanza es, esencialmente, la misma en ambos casos está dirigida a Dios Padre. No obstante, ahora, se trata de una alabanza cristiana, por estar suscitada por el Misterio de Salvación Revelado: Nuestro Señor Jesucristo.
Dios no necesita que lo alabemos, pues nada le aportamos con ello a Su grandeza. Entonces, ¿qué sentido tiene la alabanza? Dios quiere que lo alabemos porque es la mejor manera de demostrarle que lo amamos, y, ya sabemos que Nuestro Señor es un Dios celoso, mendigo de nuestro amor, que no quiere que antepongamos nada a Él: “Escucha, Israel: Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy” (Dt 6, 4-6).
De todas las oraciones de alabanza, la que más ha agradado a Dios es Santa María. La vida de la pequeña de Nazaret fue un continuo cántico de gloria al Creador. Encomendémonos a
jueves, 27 de mayo de 2010
EL DESEO DE ORACIÓN YA ES ORACIÓN
“Y cuando oréis no digáis palabras inútiles, como los paganos, que se figuran van a ser oídos por su abundancia de palabras. No los imitéis, porque sabe vuestro Padre de qué cosa tenéis necesidad antes de que vosotros lo pidáis” (Mt 6, 7).
No se trata de convencer a Dios con mi oratoria para que me dé, sino de convencerme yo de la necesidad que tengo de Él. Es el hambre de Dios, el deseo de su justicia, el que me pone en contacto íntimo con el Señor. El hacer las cosas “por Él, con Él y en Él...” que decimos en la Eucaristía.
Por Él: rectitud de intención. “¿Para qué vengo a la Religión?”, se preguntaba el Padre Rafael, recientemente canonizado, mientras pelaba rábanos en la cocina de la Trapa en un duro día de invierno.
Con Él: presencia de Dios. Es fundamental para mantener en todo momento el deseo de Dios.
En Él: como decía San Pablo, “ya no soy yo, es Cristo quien vive en Mí” (Gal 2, 20). Por eso, para dejarle actuar a Él en todas nuestras cosas: trabajo, familia..., debemos empezar por consagrarnos al Inmaculado Corazón de María, para llegar más rápidamente al Corazón de Cristo.
(Sal 37, 10)
El Salmo 37 nos dice: “Todo mi deseo está en tu presencia”. Ésta es la manera en la que el salmista ora, elevando su mente a Dios, ansiando su presencia. Hagamos nosotros lo mismo, y el Padre que ve en lo escondido nos atenderá.
La oración también está en el deseo. Si el deseo es continuo, si tenemos incesantes deseos de Dios, nuestra oración será permanente. No en vano nos dice el Apóstol: “Orad sin cesar” (1 Ts 5, 17). Esto, no significa que uno se tenga que encerrar en una habitación y permanecer allí inamovible, de rodillas; ni tampoco que todos tengamos que tener vocación de clausura. El “orad sin cesar” tiene que ver con la verdadera, íntima y constante comunión con Cristo.
Algunas personas ponen el acento en la cantidad de tiempo concreto, pero no se trata del número de horas acumuladas frente al Santísimo, como si de una competición se tratara, pues en ese caso, los seglares padres de familia, que tanto tiempo han de invertir en el cuidado de su matrimonio, en la educación de los hijos, en las labores del hogar y en el desarrollo del trabajo profesional para poder llevar el sustento a casa y el diezmo a la comunidad eclesial, no podrían alcanzar, de manera alguna, la vocación a la que está llamado todo hijo de Dios: la santidad.
Afortunadamente Dios está dispuesto a darnos a los laicos, como ya hizo con al Salmista (el Rey David), una continua oración interior que consiste en el deseo. Por tanto, si no queremos dejar de orar, si lo que queremos es que nuestra vida sea una perenne oración de alabanza al Creador, no interrumpamos esos anhelos de Dios.
Esto no significa, de ninguna manera, dejar a un lado la oración personal, que tanto necesita nuestro interior para perseverar y subsistir; pero hay que ser realistas, y comprender que el tiempo es limitado y escaso, sobre todo para los seglares, llamados a la santidad en medio del mundo. Por ello, es lógico que no se les exija lo mismo que a los religiosos.
Dios se las arregla para darle a esa madre de familia numerosa, la misma cantidad de gracias en sus 15 minutos de oración personal, que a un religioso en las cuatro horas que tiene estipuladas por obediencia a su Regla. ■



